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casos famosos de saltar la banca

Existen varios mitos y leyendas sobre saltar la banca en los casinos jugando ruleta, muchos de ellos han sido reales, tales como: Norman Leigh, Los Garcia Pelayos, El señor Garcia, Los Alemanes de la Fortuna, Ashley Revell, Harold S. Smith, The Eudaemonic Pie. Aquí les mostramos algunos.

NORMAN LEIGH

Nació en Londres en 1928. De 1946 a 1949 sirvió de intérprete militar. Posteriormente se incorporó al negocio hotelero de su padre. En 1955 comenzó el estudio del mecanismo interno de la ruleta; diez años más tarde organizó y entrenó a un grupo con el que puso en práctica su sistema.

Desde que se impidió su entrada a los casinos franceses se ha dedicado a profundizar en sus otros intereses: la filosofía, historia del Arte y, muy especialmente, la historia de Francia.

LOS HERMANOS PELAYO

Basándose en la premisa de que algunas ruletas concretas deben tener alguna imperfección física y que no existe la ruleta perfectamente aleatoria (abombamientos, tamaño de los casilleros de los números, flexibilidad de las placas separadoras, etc.) basta con examinar los números ganadores durante varios miles de lanzamientos buscando un sesgo hacia los que más frecuentemente aparecen. Si la ruleta tiene una pequeña deformación o abombamiento y, digamos, el 21 está en un "valle", tal vez salga con más frecuencia de lo que cabría esperar y superados ciertos valores es favorable apostarlo (puede que ese sesgo supere la ventaja teórica del 2,7% del casino).

Tras examinar al menos 5.000 "bolas" (lanzamientos) sobre una ruleta real, se analizan los números que han salido más de lo normal. Salir "más de lo normal" significa que ese número aparezca "más de 1/36 de las veces", que sería lo habitual para obtener un premio [también podría hacerse con 1/37 ó 1/38, pero García Pelayo prefiere el probabilidad vs premio].

Para saber si esa desviación es debida a un sesgo real del mecanismo de la ruleta o al puro azar, se comparan esos valores con dos límites. El primer límite es aquel que en una simulación realmente aleatoria por ordenador abarca al 95% de los casos (sólo un 5% de los casos se pasan del límite). El segundo límite es el que engloba al 99,95% de las simulaciones (sólo un 0,05% de los casos pasan ese límite).

Si tras esas 5.000 tiradas comprobadas algún número supera el primer límite significa que casi con toda probabilidad habrá un sesgo real sobre ese número en esa ruleta debido a algún defecto (no hace falta saber cuál). Y si se supera el segundo, más estricto, el sesgo será según García-Pelayo "absolutamente seguro y cierto" mientras esa ruleta no se modifique o manipule.

Por ejemplo: si tras 20.000 pruebas se espera el valor de +278 como límite al 99,95% y se observa que el 36 ha salido +633 veces de lo normal... es que algo extraño pasa. Conclusión: algo realmente extraño le pasa al 36, y hay que jugarlo porque es un número ganador. Si ese sesgo supera el 2,7 ó 5,4% de margen que tiene el casino, que es lo que sucede al pasar esos dos límites, la ruleta puede considerarse, en palabras de García-Pelayos, "una caja de ahorros" más que un juego de azar.

Aplicando este sencillo sistema de forma metódica, con miembros del equipo (casi todos familiares) que durante semanas tomaban números, mientras otros apostaban posteriormente, el Clan de los Pelayos ganó mucho dinero en el Casino de Madrid, en Barcelona, en Canarias... y en Amsterdam, en otras ciudades europeas y prácticamente en el resto del mundo, incluyendo Las Vegas y Australia. Las ganancias se elevaron a más de 250 millones de pesetas durante tres años a principios de los 90. Los casinos, obviamente, tomaron sus contramedidas cuando descubrieron a los sistemistas, cambiando las ruletas de sitio, de modelo o intercambiando piezas de unas y otras.

LOS ALEMANES DE LA FORTUNA

[Nota publicada en el diario La Razón el martes 10 de enero de 1995. Esta era una anécdota que contaba el padre del autor de estas páginas.]

El Casino de Mar del Plata es el más concurrido del mundo, en especial en temporada. Sus visitantes sueñan con saltar la banca, y añoran un sistema como el de los alemanes de Coronel Suárez, que allá por los 50 se hicieron de una fortuna sin cometer delito alguno.

En el mundo entero hay poco más de 600 salas de entretenimientos - eufemismo con que se denominan las salas de juegos - y el que registra mayor afluencia de público es nuestro Casino Central de Mar del Plata.

Transcurría la década de los 50 cuando seis señores de aspecto correcto y nada rumboso comenzaron a frecuentar las salas de juego y a tomar nota de los resultados de todas las bolas que se jugaban en seis mesas. Tenían pinta de extranjeros, más bien de alemanes, y con seriedad germánica persistieron en la tarea durante, por lo menos, dos temporadas, incluidos los fines de semana invernales. No jugaban un solo peso.

Un día comenzaron a apostar en dos mesas y siguieron haciéndolo, turnándose, durante todas las horas en que el casino funcionaba. Parecían hacerlo a suerte y verdad y el personal de las mesas no detectó sistema de juego o martingala alguna.

Poco después, el número de apostadores en las mesas de los que ya todo el mundo llamaba "los alemanes", se incrementó. Los nuevos apostadores no eran gente del todo desconocida para los marplatenses. Es que formaban parte del lumpenaje que siempre merodeaba por las salas de juego, esperando una oportunidad de "pasar al frente".

Las autoridades del Casino prestaron, ahora, detenida atención al ya numeroso grupo. Y nada. Las jugadas eran correctas y seguía sin detectarse sistema alguno. Es que para desazón del personal no lo había. Los apostadores jugaban una serie de números, siempre los mismos, en apuestas de igual valor. Las ganancias de las mesas de los alemanes desaparecieron y una fuerte pérdida las reemplazó. Como primera medida, las autoridades del Casino aplicaron el "Derecho de admisión", norma que les permitió impedir la entrada de los apostadores del grupo. También hicieron comparecer, no demasiado voluntariamente, a los seis alemanes.

Como dice la canción, "de aquello que hablaron ninguno ha sabido" pero el caso es que el misterio se develó.

Los alemanes contaron que habían ganado una verdadera fortuna y que no estaban dispuestos a devolverla porque era bien ganada. Lo que sí explicaron era la operatoria. Dijeron que en la etapa preparatoria habían estudiado el desgaste producido en los cilindros portadores de la rueda de la ruleta, desgaste que hacía que los números de un sector de la rueda, recibieran la bolilla más asiduamente que los otros.

Luego todo se redujo a jugar esos números. Como el límite máximo hacía lentos los ingresos, contrataron a los secretarios que jugaban bajo su control y que cobraban una suma fija por día y que desconocían las razones por las que apostaban determinados números. La consulta al departamento jurídico resultó en la falta de delito por parte de los apostadores, puesto que se limitaron a aprovechar una ventaja que no provocaron.

Los alemanes se volvieron - eso si, bien forrados - para sus lares y las autoridades del Casino se limitaron a tomar buena nota de lo ocurrido y a comunicar a los casinos del exterior, con los que mantenían un convenio de información, los detalles de la aventura y la identidad de los ingeniosos apostadores. También se cambió el método de mantenimiento de las mesas de juego, para hacer imposible que se detectaran los posibles desgastes mecánicos.

Hasta que aparecieron los "alemanes" y su curiosidad por el rentable desgaste producido por el uso, las mesas de ruleta eran desmontadas cada noche, es decir, se sacaba el cilindro portador de los números y se hacía el mantenimiento de la mesa, donde estaban los rodamientos sobre los que giraba el cilindro.

Cada cilindro pertenecía establemente a una determinada mesa.

Después de la explicación del método empleado por los "alemanes" se desmontaban cada noche los cilindros pero, después del respectivo mantenimiento de rodamientos y rueda, se montan nuevamente previo sorteo, es decir, que cada cilindro se coloca en la mesa que le ha tocado en suerte, quedando modificada la relación entre rodamientos y cilindro portador de los números y resulta así indetectable el posible desgaste.
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